El césped del All England Lawn Tennis & Croquet Club despidió este martes a uno de los grandes nombres del tenis contemporáneo. Stan Wawrinka disputó el último Wimbledon de su carrera y lo hizo fiel a su esencia, es decir, luchando hasta el último punto en una batalla de más de cuatro horas que terminó con derrota frente al italiano Matteo Berrettini por 7-6(7), 6-7(16), 6-7(7) y 6-7(5).
El marcador refleja la crueldad del deporte. Cuatro sets, todos definidos por detalles y en desempates, uno con un inolvidable tie-break que se extendió hasta el 18-16. Wawrinka estuvo a la altura del escenario, demostrando que, incluso a los 41 años, seguía teniendo el talento y el carácter que lo llevaron a conquistar tres títulos de Grand Slam.
Aunque nunca levantó el trofeo de Wimbledon, el suizo dejó una huella imborrable en el circuito. Su revés a una mano es considerado uno de los más espectaculares de la historia del tenis, un golpe que maravilló a generaciones de aficionados y que fue capaz de derribar a los mejores de una de las épocas más competitivas del deporte.
Su legado trasciende los números. Fue campeón del Abierto de Australia en 2014, Roland Garros en 2015 y el US Open en 2016, siempre desafiando la hegemonía del llamado Big-3. Mientras Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic parecían monopolizar los grandes escenarios, Wawrinka encontró la manera de abrirse paso con un tenis explosivo, agresivo y sin complejos.
Stan Wawrinka deja el césped londinense, pero su legado permanecerá intacto. Porque algunos campeones se recuerdan por la cantidad de títulos. Otros, como él, por la forma en que hicieron sentir este deporte.


