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Cuando Yunchaokete Bu perdió en la última ronda de la fase previa del US Open 2026, su torneo parecía terminado; derrotado por el italiano Federico Cina, el chino de 24 años ya estaba prácticamente con las maletas listas para abandonar Nueva York, pero el tenis tiene una puerta reservada para quienes se resisten a irse: la de los lucky losers. La baja de Thanasi Kokkinakis le abrió un lugar inesperado en el cuadro principal, y Bu no desperdició la segunda oportunidad, derrotando en apenas 1 hora y 47 minutos al español Rafael Jódar por 6-2, 6-1 y 6-1, firmando una de las actuaciones más contundentes de la primera ronda.
Su historia explica por qué esa victoria no fue casualidad. Nacido en Xinjiang, una región del extremo occidental de China poco asociada con las grandes figuras del tenis, Bu creció lejos de los centros tradicionales de formación del deporte. Mientras el país celebraba los éxitos de Li Na y luego de Qinwen Zheng en el circuito femenino, él fue construyendo su carrera en silencio, recorriendo el ATP Challenger Tour y acumulando kilómetros antes que reflectores. Su explosión llegó en 2024, cuando enlazó una racha de títulos en Challengers que lo catapultó al top-100, convirtiéndose en una de las grandes apuestas del tenis masculino chino.
El camino, sin embargo, nunca fue lineal. Las lesiones y la irregularidad lo hicieron retroceder hasta el puesto 124 del ranking, obligándolo a reconstruirse. Esa resiliencia quedó reflejada en Nueva York, pues pasó de creer que estaba eliminado a jugar con una libertad que desarmó por completo a Jódar, uno de los jóvenes con mayor proyección del circuito, campeón junior del US Open en 2024 y debutante como profesional en el torneo. La lluvia interrumpió el partido durante más de dos horas, pero tampoco alteró el dominio del chino, quien regresó a la cancha con la misma autoridad con la que comenzó.
Para Bu, esta victoria vale mucho más que una clasificación a la segunda ronda. Es la confirmación de que, incluso cuando el cuadro principal parecía un sueño perdido, todavía había espacio para reescribir la historia. Porque en un Grand Slam las segundas oportunidades son escasas. Y cuando llegan, no todos saben convertirlas en una exhibición.


